sábado, 19 de octubre de 2019

¿Tendrán frío las piedras?
Cuando el sol se cobija en el horizonte
y los zorros buscan abrazos de bosque.
Cuando las hojas de los árboles cambian de danza
y los pájaros comparten sus nidos
¿Tendrán frío las piedras?

sábado, 31 de agosto de 2019

Un simple cambio en la mirada
es una dentellada rabiosa a mis certezas.
Percibo todo,
incluso lo invisible,
incluso lo irreal.
Cuando me río de más,
cuando me hablan de menos,
el ambiente se vuelve turbio,
tenso,
que pienso que cada uno de mis suspiros
puede cortar el hilo que cuelga
entre mi y los otros,
y me ahogo
en piletas vacías
donde sólo nado yo
y los miedos.

Los días tras un error
-que no es tal
sino en mi cabeza-
son fatales.
Me desvivo
en pasados
irrecuperables
tratando nadar
contra una corriente
más fuerte que mi arrepentimiento.
No hay calma,
lo juro,
para el obsesivo.
No hay reflejo
que calme mis flaquezas,
me veo rota
en cristales ingleses
y escuálida
en la convexidad de una cuchara.
La ropa planchada se vuelve laicra,
me apreta,
me sofoca
y adopto un traje de ñopren
que me sumerge
de espaldas
hacia mi pileta vacía.

Busco a alguien
que en vez de darme un casco
y rodilleras
me saque el traje
y me oblige
a no escapar de la maraña de hilos
que tejo en el vacío.

sábado, 17 de agosto de 2019

Tu mundo

Desde el espacio,
el mundo debía verse de mil colores
cuando lo habitabas.

Entrabas en las habitaciones
y cortabas el aire.
Parecías flotar
por encima del suelo
y de nosotros
y aún así
la tierra temblaba.

Usabas polleras largas
con los tonos de la cola de un pavo real.
Te abrías paso entre los ecos
que murmuraban tus flaquezas
y desfilabas sin hacerlo.
Demostrando que eras más
sin intención de serlo.

Apoyabas el codo en la mesa.
con tu dedo medio e índice
sostenías tu sien y con el pulgar
tu pera.
A veces, mordías la uña del anular
y observabas a tu alrededor,
atenta,
como aquellos zorros buenos
que solo vos podías acariciar.

Cuando reías
las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia
parecían pertenecerte.
Inundaban el lugar,
aleteando veloces desde tu pelo
para luego esconderse
en la guarida de tus hoyuelos.
Sí reías mucho, tus mejillas se ponían moradas,
como lo hacían cuando tomabas más de un vaso de vino
de aquel mismo color.

Coleccionabas frascos y preparabas mermelada.
Cuántas historias jamás contadas
habrás revivido en las calmas cálidas
de tu cocina de lavanda.
Alguna de ellas, prófuga de tu intimidad,
debe haber naufragado en la superficie pegajosa
de una mermelada de ciruela,
apuesto que entonces fue aún más dulce
y más tuya.

Decías que el miedo estaba bien
y el valor tuvo para mí entonces el color
celeste de tus ojos.
Celeste como aquel collar que llevabas siempre,
como el cielo que mirabas, honrandole.

Me pregunto qué tonos tenía el mundo
antes de que tu mano pintase otro tan distinto.

Desde el espacio,
y desde tu lado,
el mundo
se veía de mil colores
irrepetibles
cuando lo habitabas.

I

No le temo a la sombra,
hay más luz en ella que oscuridad.

Le temo a la calma
que avanza cuando los claroscuros desaparecen.
Al frío despiadado
y al silencio de la noche
que grita
y te arrincona
buscando refugios.

En todo caso, mi sombra me da pena.
¿Dónde va cuando el sol se esconde?
¿Vuelve a mí? ¿Debo vivir por las dos?

II

Mi sombra le teme al atardecer
porque me pierde de vista.
Es ciega y por eso me sigue,
no conoce ningún camino
salvo el que me invento.
A la tarde, protegida en mis recovecos,
la escucho llorar.
Sus lágrimas hacen pequeños agujeros
en mi carne
y cuando sale el sol
la luz se cuela en ellos
y la despierta.

Todo el día proyecta mi silueta,
le divierte copiarme.
A mí me gusta tener un reflejo
más fiel que el del espejo.
Pero al final del día
yo me quedo
y ella se va.

¿Qué hará cuando muera
y no hayan más mañanas?

¿Existirán soles eternos para las sombras
que han sido exiliadas de sus hogares?

¿Dónde quedaron esos piojitos?

Entonces el río de agua
y dejabas de sentir la punta de los dedos
que tímidamente se animaban a recorrer
su superficie escarchada.

Cual cebollas
nos cubrían mil capas de ropa,
pero lo que evitaba que el frío nos lastime
era ese abrazo.
Tan ligero
y tan desnudo.

Entonces, nos capturaron.
No opusimos resistencia
y el río que bordeamos ahora,
se dice que es de tiempo.

Seguimos a su vera, pero no hay corriente.
Está tranquilo, ya no hay prisa.
No somos nosotros, son ellos:
los piojitos.
Andarán buscando piedras delgadas y escurridizas
para hacer sapito por el río infinito.
No podemos verlos,
tuvimos que dejarlos para vivir su vida,
pero si aguzamos el oído, están ahí.
Cuando reímos, ríen
y cuando peleamos,
nos parecemos a ellos y los cuatro nos confundimos.

A veces,
me voy de viaje
escondida en el reloj
y me parezco a ella.
Con una campera demasiado grande para su pequeñez
y la enorme responsabilidad de no manchar
los zapatos blancos.
Cuando corro el riesgo de completar la metamorfosis,
cuando la nena tiene el berrinche de viajar al presente, entonces
me sacas.
Las agujas se acomodan.
Me das una campera a medida y me decis que busquemos nuevos cauces.
Que nos metamos al agua esta vez,
hasta la cintura aunque sea.
Ya sabemos nadar.
Vamos a zambullirnos, dale.
Hasta que otro ojo nos capture.

Me gusta pensar que estás en el aire